· 5 Oct 2019 ·

Martín Sheffield: el sheriff texano que “vio» un plesiosaurio en la Comarca Andina

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Al pie del cerro Pirque, en el límite entre El Hoyo y Epuyén, hay una pequeña laguna que desde hace un siglo guarda el misterio de un “monstruo” descubierto por Martín Sheffield, uno de los personajes más singulares que pisó la Comarca Andina.

Era un robusto norteamericano que al llegar a la cordillera, en 1899 y con una estrella de sheriff de Texas, se dedicó a buscar oro en los arroyos que descargan sus aguas en el río Chubut. Le fue bastante bien: ya sea en pepitas o en polvo, lo que tenía en sus alforjas le permitió transformarse en protagonista principal de recordadas noches de juerga en El Bolsón, Ñorquincó y Esquel.

Sheffield era un tirador excepcional, con revólver o con su viejo y famoso fusil. Para sus demostraciones podía armar un espectáculo que dejaba a todos asombrados o despedirse de un boliche a la madrugada dejando lámparas, vasos y botellas destruidos a balazos, con esa habilidad nata de un cowboy del cine.

En 1922 se le ocurrió escribir una carta al director del Zoológico de Buenos Aires, Clemente Onelli, naturalista de bien ganada fama, conocedor de la Patagonia e integrante de numerosas expediciones por la región.

En detalle, le informaba sobre unas huellas grandes que habían aplastado el pasto de su puesto de cazador y que en algunas oportunidades había visto un gran animal que se sumergía en las aguas de la laguna, dejando una gran estela con su lomo. Lo narraba como de gran cuello y cabeza pequeña (“como de cisne”).

Onelli presumió que era un plesiosaurio y difundió la carta. Los diarios de la Capital tomaron la noticia de distintas maneras, pero no dejaron de publicarla. La Prensa y La Nación, trataron de darle rigor científico; en cambio, los de oposición a Irigoyen (presidente de la República), decían que se trataba de “algún viejo político perdido por allí”.

Medios científicos internacionales mostraron interés en hacerse del plesiosaurio. El presidente norteamericano, Franklin Roosevelt, mandó a decir que quería al menos “un pedazo” y anunciaba la partida a la Patagonia de su compañero de caza en África, Edmund Heller.

El Museo de Historia Natural de Nueva York anunció que enviaría cinco comisiones a Sudamérica para dedicarse “a la búsqueda y captura de animales de especies extinguidas”, a la vez que desde Filadelfia se decía que ya estaba a punto de partir hacia el sur argentino una expedición de naturalistas y que, de ser capturado, debía ser llevado a los Estados Unidos.

En Buenos Aires una dama de la sociedad porteña aportó $ 1.500 de esa época para el rastrillaje, mientras que el resto de las donaciones superó los $ 5.000. Las “malas lenguas” aseguraban que “esa era la reacción esperada por Sheffield para poder cobrar una suculenta suma por guiar la expedición de Onelli”.

En las oficinas del director del Zoológico aparecían desde “diseñadores de aparejos de caza especiales para plesiosauros”, hasta quienes querían vender su “estrategia infalible para la captura” o describían al animal como “guardián de los tesoros que buscaron los exploradores de Trapalanda”.

Se cuenta que “dos jubilados escaparon del hospicio de Las Mercedes para luchar contra el monstruo”, mientras que el plesiosaurio inspiró el nombre de un tango y una marca de cigarrillos.

El tema fue cuestión de Estado, con documentos oficiales con el título de “instrucciones reservadas” (con membrete de la entonces Intendencia Municipal de la Capital), que consignaban “el objeto de constatar, por todos los medios posibles, y hasta con abnegación y sacrificios, la existencia posible de un animal desaparecido en los tiempos prehistóricos”.

Se ordenaba que “el pesado trabajo de acechar debe ser hecho por turno. Los restantes descansarán con pistolas de fuego y reflectores listos para cualquier alerta. Es más fácil cazarlo vivo que muerto, a este fin llevarán lazos fuertes de cogote de guanaco y lazos flexibles de cables de acero para reforzar la primera pialada feliz”.

Ya estaban por la zona, los expedicionarios hicieron rastrilladas por varios lagos utilizando explosivos y cartuchos de gelinita, que aún se recuerdan.

Poco a poco la historia se diluyó. En los diarios de los Estados Unidos comenzaron a tomar el asunto en broma. Enterados de la enorme capacidad de los “farmer” de la Patagonia para beber ginebra y whisky, empezaron a decir que era “moneda corriente que vieran cualquier cosa”.

Onelli perdió entusiasmo y comenzó a sospechar que era víctima de la frondosa imaginación de Sheffield. Casi cien años después, entre los juncos de la laguna del Plesiosaurio, nadan algunos cisnes. ¿Estará el “monstruo” en sus profundidades?

(Diario Jornada)

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