· 29 Abr 2019 ·

Río Chubut, un corredor turístico único e incomparable

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Los Altares tiene el misterio de sus formaciones rocosas erosionadas por el viento y sus pinturas rupestres del siglo X, testimonio del paso de las antiguas tribus. Hace pocos años fue declarada área natural protegida en el marco de una acción “íntimamente vinculada con el cuidado y la conservación del patrimonio histórico, porque es un lugar para recorrer y conservar en un escenario natural fantástico, caracterizado por rocas de arenisca que presentan diferentes franjas rojizas y se encuentran divididas por la erosión del agua y el viento, erguidas como monumentos megalíticos naturales que siguen el curso del río Chubut”.

Con todo, el desafío a futuro debiera estar “en lograr el interés de los inversionistas para dotar al destino de los servicios de nivel que demanda el perfil de visitantes que se pretende atraer”, incluyendo hotelería, gastronomía y excursiones de aventura radicadas en los pueblos aledaños, con la premisa de generar empleo genuino para los lugareños.

De entrada nomás da la sensación de estar en el Valle de los Muertos, en el antiguo Egipto, donde los caprichos de la naturaleza –durante millones de años– fueron tallando esculturas, merced a la erosión del viento, que asemejan pirámides, animales mitológicos o templos a los más variados dioses.

Entonces, el contraste es notable: el curso hídrico se mete literalmente en la estepa, flanqueado por enormes farallones que adoptan formas y colores tan disimiles como la imaginación del viajero. Enseguida, el mismo trazado de la ruta invita a viajar en el tiempo, con formaciones rocosas que imitan gigantescos altares en medio de un paisaje lunar y que ofrece a cada paso increíbles vistas panorámicas de inigualable belleza. De tonalidad rojiza intensa, la foto obligada está en El Submarino. Un poco más adelante –detrás de los álamos de una estancia, las ovejas y el verde mallín–, El Titanic; a la derecha –una tras otra– Las Catedrales, Los Leones, El Castillo y cuanta figura se le ocurra.

La historia detalla que este mismo recorrido era el usual que realizaban los pueblos tehuelches para establecerse sobre las costas durante los inviernos y retornar a la cordillera durante el verano, siempre bordeando el río Chubut como única fuente segura de agua y animales cercanos para la caza. Los primeros exploradores blancos que se animaron a surcar semejante derrotero (unos 15 días a caballo), fueron los galeses. Alentado por el cacique Huisel, John Daniel Evans hizo la travesía en 1885 con el gobernador Fontana en la expedición de Los Rifleros del Chubut, que más tarde abrió el camino para la colonización definitiva y la fundación del valle 16 de Octubre.

Hacer el recorrido desde Esquel hasta Trelew (las dos ciudades cabeceras) implica unas 6 horas de marcha por la ruta 25, dejándose cautivar por el embrujo de las distancias infinitas, las bardas y riscos, el río y las matas negras tan características de la estepa patagónica.

En medio, asoman parajes de nombres tan singulares como Cajón de Ginebra Chico y Cajón de Ginebra Grande, con restos de antiguos almacenes de ramos generales donde se abastecían los arrieros; Pampa de Agnia (hubo una estación de servicio del ACA hasta los años ‘80); El Molle (desvío de camino hacia Gobernador Costa); Pocitos de Quichaura (cantera de áridos negros); Alto Las Plumas (última estación de un frustrado ferrocarril hasta las estribaciones andinas) y Las Chapas (acceso al dique Florentino Ameghino).

Pero no es la única sorpresa para el viajero: en Paso de Indios hay que animarse a tomar la ruta provincial 12, hasta Paso del Sapo y Piedra Parada con el Cañadón de la Buitrera, lugares naturales con una gran riqueza geológica y con los vestigios de una erupción volcánica producida hace 50 millones de años que “se convirtieron en un lugar mágico que brinda una experiencia única en su tipo en toda la Argentina”, valoran.

En esas paredes de 150 metros existen rutas de escalada y cuevas que son el hábitat de aves, reptiles y roedores locales, como el chinchillón, junto a los jotes que se encargan de limpiar la zona de toda carroña. También en el cañadón se pueden encontrar muy fácilmente fósiles de una gran diversidad de flora y fauna prehistóricas, troncos petrificados, además de impresionantes formaciones rocosas, producto de la erosión.

Diario Jornada

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